sintió el golpe de 200 peso escrito en la mente cuando vio la mitad del nokia saliéndosele a la muchacha del bolsillo trasero de un jean en el que ella había sabido acomodar, junto a un culo que ya ocupaba todas las habitaciones, a su prima la menor y a su tatarabuela, junto con la mesa del frutero de la esquina y las 24 lechozas que habían arriba de ella. El celular medio salido era una invitación mas jugosa que su recipiente, el ladron, casi babeando, se le tiro como una pedra partiendo hacia el estudiantado de la UASD de las 5:45 de la tarde de un atardecer de esos de enero, que parecen sangre licuada en leche o en arroz con leche, o cualquier otra cosa que le apetezca. Alguien grito agarrenlo, y otro más agarrenlo otra vez. El tercero en gritar fue el ladrón cuando de la nada un animal de 6 pies y una pistola le sembraba la culata en el guevo del oído y luego no necesariamente en ese orden, entre los pulmones, en una clavícula y en la boca. Cientotreintaycuatro personas que salieron del mismo hoyo de donde salio el celular vitoreaban al dueño de la pistola que ahora solo usaba el pie, con cuidado de no ensuciarse el zapato. Cuando se canso, los 134 siguieron dándole con tubos, bates, raquetas, y, pedazos de carrocería, que sabe dios como se pasaban en cadena de mano en mano.